... no buscará lo legal, sin lo justo... (Rafael Barret)



porque a mi entender, la justicia nunca ha estado en los tribunales

Porque la justicia, como muchas otras cosas, no es más que una idea abstracta que espera concretizarse en el accionar de los oprimidos

Porque la justicia le toca a quien la busca y a quien la piensa, y a quien la nombra

La justicia no es letra muerta, es un accionar cotidiano que busca justamente, descentralizar el poder

Porque la justicia no la construyen los dioses ni los reyes déspotas (mal llamados “gobernantes” o “poderes del estado” en las democracias occidentales modernas), no viene de arriba, sino de abajo

Porque es un error pensar que solo la conocen... los abogados (¿?)

Porque la idea de justicia ha cambiando con el tiempo, con las luchas, con los aprendizajes

Por esa y otras razones, este blog.

Con ganas de preguntarnos y re pensar, a partir de las ciencias sociales, noticias, comentarios, ensayos y demás, la siempre presente idea de la justicia

martes, 18 de enero de 2011

Discurso de la tolerancia y propagación del "status quo"


Por: Paola Ferraro

1. Tradición autoritaria

Paraguay es un país de fuerte tradición autoritaria. Si bien la dictadura stronista constituye uno de los recuerdos más cercanos y paradigmáticos de autoritarismo, resulta necesario trasladarse en el tiempo, hasta los orígenes mismos del Estado-Nación (e incluso antes) a fin de comprender la matriz socio-histórica de una práctica tan naturalizada en nuestro medio. No en vano el celebre periódico internacional Le Monde Diplomatique, a la hora de dedicar un espacio de reflexión sobre los 21 años de vida democrática del Paraguay (la “mayoría de edad”, en términos del autor), el citado texto se vio imposibilitado de ignorar a la cimentada trayectoria de autoritarismo precoz para con nuestra historia, señalando que “ si se suman los gobiernos de Gaspar Rodríguez de Francia (1816-1840), Carlos Antonio López (1844-1862), su hijo Francisco Solano López (1862-1869), y Alfredo Stroessner (1954-1989), casi la mitad de la vida independiente paraguaya estuvo marcada por ese gran espectro, tan bien amalgamado por Augusto Roa Bastos en su libro Yo el Supremo de déspotas ilustrados, patriarcas, caudillos, patrones y dictadores” (*)

El problema de la socialización en el autoritarismo, trae consigo una amalgama de consecuencias. Independientemente a los avances esgrimidos mediante nuestra muy complicada transición a la democracia (pero transición al fin), la matriz cultural heredada permanece, de forma fuerte en algunos campos, con vestimenta sutil en otros aspectos. Si partimos de la premisa en que dos décadas atrás era imposible expresarse de forma libre, por miedo a que utilicen la fuerza coercitiva en nuestra contra (proveniente del terrorismo de Estado y sistematizado por el mismo, en casi todos los casos) comprendemos como muchas de las personas más cercanas a nosotros (padres, madres, familiares mayores en general, vecinos, profesores, etc.) mantienen posicionamientos y determinaciones que para muchos de los hoy “hijos de la democracia” (léase por los mismos, aquellos que nacimos el año del golpe y los siguientes) son de carácter despótico o totalitario. Si bien el “choque generacional” es una realidad vigente en todas las épocas y entre todas las generaciones de padres e hijos, este choque adquiere características muy particulares, en tanto que la generación de jóvenes entrante, es una generación que ha internalizado y naturalizado dentro de su cotidiano, realidades tan alejadas a las vividas por sus predecesores (práctica de la democracia participativa, libertad de expresión sin peligro-aparente-de sanción, etc.)
Esta liberalización del accionar de individuos y grupos organizados y no organizados, trae consigo el difícil desafío de la siempre nombrada “convivencia democrática”. La propuesta de construir ciudadanía a partir de la comprensión y aceptación de nuestras diferencias y posicionamientos esboza a su vez el llamado a la tolerancia. Y es en este punto en donde creo debemos parar y empezar a preguntarnos sobre nuestra comprensión de la tolerancia.

2. Dogmas

Considero que una de los principales empresas que debemos plantearnos a la hora de iniciar una convivencia entre las diferencias, es la de desmitificar los discursos instalados. La caracterización de “verdad objetiva” a aquellas contrucciones ideologicas instaladas como discurso único, impide la salida a flote (y sobre todo, la legitimidad) de visiones alternativas a lo ya “consagrado”. Ante esto surge el dogma, como verdad rebelada, y por ende incuestionable, de cómo son en verdad las cosas.

La ideología dominante (o hegemónica en el sentido gramsciano) es la que adquiere legitimidad para las personas, al disfrazar sus posicionamientos ideológicos como propuestas no-ideológicas o “universales”. Todas las demás propuestas, las que no tienen miedo de llamarse ideologías para comprender una realidad, son calificadas, peyorativamente, como "ideologismos”, o falta conciencia (entendido este último término en el sentido marxista).

No resultará extraño entonces que más de una persona defienda su postura como una cuestión de “mirada o visión objetiva”, en tanto que ataque al otro, calificándolo de ideologizado, pre suponiendo que el (el atacante) no lleva consigo una ideología bajo la manga. El punto es que esta persona si tiene una postura hacia las cosas, basada en una ideología que no conoce (o no quiere admitir) porque necesita aferrarse a la idea de ser un ser neutral-objetivo para legitimarse en su interior, y por ende, darse licencia para universalizar su visión particular del mundo.

De ahí que es hasta simpático hablar de las posiciones de “centro”, calificativo que se adjudican muchos individuos para señálar una supuesta neutralidad que les valdría el título de objetivo. ¿El centro de qué? Piensa más de uno, entendido o no en el campo de las ideologías. Y lo curioso radica en que justamente este centro-objetivo no existe a la hora de analizar más a fondo los posicionamientos de supuestos centristas. Freire decía siempre durante sus clases de pedagogía que nadie es neutral, es decir que, independientemente a la conciencia o falta de conciencia de cuales son nuestras convicciones, todos tenemos una postura sobre algo. Y es justamente, a través de la confrontación que el día a día nos presenta con las personas, que nos damos cuenta de lo frágil que es esta máscara pseudo neutralidad-objetiva que algunos desean tener.

Es como querer jugar a la idea de ser el Dios judeo-cristiano, que está por encima del bien y del mal, en tanto que no queremos admitir nuestra condición humana de hombres y mujeres libres que eligen y defienden su elección.

2.1. El dogma en nuestra experiencia

La instalación de una lectura hegemónica sobre el pasado y presente de la historia de nuestro país, logro “hacer su agosto” durante el siglo XX. En la experiencia paraguaya, esto se da de la mano de los sectores mas retardatarios de los dos partidos tradicionales, en donde el ejercicio de olvidar y re-memorar a partir de las axiomas imaginativas del partido en el poder, se constituía como un ejercicio de construcción de falsa conciencia. Tras la Guerra Civil del 47, el Partido Colorado toma protagonismo en la redacción de la historia oficial. Si bien muchos de sus autores ya se habían posicionado con anterioridad en el “arduo oficio de recuperar la memoria”, es tras terminado el mencionado conflicto, que el partido se instala de forma definitiva en el poder, a la par en que desarticula (y a partir de ahí sistemáticamente) a su oposición.

Tenemos como emblemáticos ejemplos de “recuperación de la memoria”, a defensores del nacionalismo a ultranza, como son el caso paradigmático de Oleary yNatalicio González (cuyo principal aporte de este último al partido colorado ha sido la fundación y promoción de un ala paramilitar fascista denominada “Guión Rojo”) La consagración de “esta historia”, basada en maniqueísmos de todo tipo, nos ha impedido avanzar, no solo en la idea de la diversidad “por la diversidad”, sino principalmente en la diversidad “por la necesidad”. La historia social de un país no se lee en términos de blanco o negro. Re pensar y re-escribir la historia de nuestro país debe ser, a mi criterio, la resultante principal de la comprensión de un pasado, para la aclaración de un presente y la proyección a futuro.

3. Pero volviendo a lo de la tolerancia…

La transición ha logrado en cierta forma, saciar esta necesidad. No obstante, vuelvo a la cuestión original, desafío que aun no ha sido saldado, puesto que no es del todo comprendido. Me refiero a la cuestión de la tolerancia. Resulta necesario resaltar que, para mucho, la tolerancia continúa siendo hoy una cuestión de basar la misma en reivindicaciones coincidentes. Para algunos, resulta común calificar como tolerante a aquella persona que coincide con el posicionamiento de quien califica. El tolerante es como una suerte de parnet ideológico, en tanto que las otras posturas son las intolerantes.

La herencia autoritaria adquiere entonces una doble connotación:

- Por un lado, supone que la ideología universalizada-objetiva (ejercicio realizado por las personas, de lo cual hablamos antes) es la única tolerante (porque solo mi verdad es tolerante, de momento en que nadie quiere ser un anti-valor, es decir, el in-tolerante)
- Por el otro, supone la necesidad intrínseca de “callar” a los otros posicionamientos y sectores, dado que mientras estos ejerzan la crítica, esta nos resultará incomoda. Esta incomodidad hace muchas veces que entendamos los otros posicionamientos como un acto de intolerancia hacia nuestra persona

La cuestión, en términos prácticos, es muy sencilla y recurrente. Pasa bastante. Cuando uno dice lo que piensa, y no logra coincidir con una persona o grupo, automáticamente se produce el diálogo, que no es más que el ejercicio de la dialéctica o contradicción (que puede ser entre dos opuestos o con/en uno mismo). En esta contradicción, se produce un choque de fuerzas e intereses, en donde salen a flotes las “verdades” de cada quien. Asimismo, se concidera intolerante a la persona o grupo que mantiene un posicionamiento propio y lo defiende, estando en desventaja con el posicionamiento contrario. En la correlación de fuerzas mencionada, puede llegarse a un desempate en donde el perdedor acabe siendo calificado de intolerante por emitir desacuerdos y defenderlos.

Más de una vez nos han llamado intolerantes por defender las cosas en las que creemos. Y las seguimos creyendo; ergo, las seguimos defendiendo. Parece ser que, a causa de nuestra herencia autoritaria, para muchos sectores no ha sido viable aceptar la existencia de diferencias, dejando a los otros defender su posicionamiento propio. Todos queremos ganar la discusión y cerrarla para siempre, afirmando que “el otro luego es intolerante”, y que “por eso no más lo que nunca cierra el problema”. En ese caso, vale preguntarse si el otro es intolerante por criticarme y… ¿decir lo que piensa?

La no aceptación de nuestra verdad (o hasta si se quiere, de nuestra persona) bajo la particular forma de critica (pudiendo ser esta sutil o hasta radical) es intolerancia, en tanto la misma no esté debidamente justificada. Ahora bien, si la crítica va acompañada de argumentos coherentes, y para la otra persona (la criticante) resulta fundamental defender sus ideas e intereses, la intolerancia acaba siendo nuestra, como una muestra más de autoritarismo heredado o madurado, y bajo serias intenciones de mantener el status quo.

Creo finalmente en que todos tenemos nuestra propia construcción de la verdad, y que es bueno el compartirla con otros. Creo igualmente, que superar esta actitud que lleva a “cortar las alas” de los demás es algo inexorable (bajo la excusa de una intolerancia, que no es más que nuestra). Pero principalmente, creo que la defensa de nuestras respectivas militancias debe partir del juicio y ejercicio argumentativo, solventado este último, a contenidos prácticos. Solo así, superamos al dogma rebelado (por Dios, por los caudillos, por la “autoridad”)


Notas al pie
(*) Criscaut, Andrés. « La disritmia paraguaya ». Le Monde Diplomatique. 2 de mayo de 2010 pp. 4

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